Podés flirtear, coquetear y enamorar. Pero no esperes que después no suceda nada, no creas que esa persona a la que marcáste con una misteriosa mirada, con un sugerente movimiento de cabeza, no vaya a responder. No esperes que no luche por vos, ni aunque sea su mejor amigo/a el/la que se interponga.
También podés negar la evidencia, podés cegarte y decirte que esa otra persona no es tu alma gemela. O podés aceptarlo. Pero entonces, hay que afrontar las consecuencias. Habrá que vencer el miedo y ser valientes. Habrá que sortear a todo aquel que se interponga. Y aceptar el dolor implícito en una relación de descubrimiento. La recompensa quizás valga la pena.
Podés vivir con miedo, sustrayéndote de todo lo que suceda a tu alrededor. Pero de esa manera la vida pasará al lado tuyo y no te habrás dado cuenta. Si apostás por lo imprevisto, los resultados serán sorprendentes. Podés darte cuenta de que vales más de lo que esperabas y puede que conozcas a alguien especial.
Podés esconderte a la sombra de alguien, es más cómodo, más confortable. Pero también podés gritar que sos único/a, que mereces que se te tenga en cuenta. Y si haces esto, quizás entonces estés preparado/a para agarrar las riendas de tu vida.
Y sobre todo, podés equivocarte. Tenés que equivocarte. Pero madurar implica aceptar las consecuencias, no huir. Poner tierra de por medio no lleva a ningún lado y al final sin darte cuenta terminarás en el punto de salida. Puede que la culpa no sea tuya, que hayan sido tus padres los que te jodieron la infancia, puede que hayas sido dejado de lado, menospreciado o sobreprotegido, pero llega esa edad en la que dejan de valer las excusas.




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